viernes, 28 de septiembre de 2012

Nocilla de mercadillo

Los días de mercadillo, me levanto 05:45 de la mañana aproximadamente. A esas horas, la verdad que no hay muchas cosas que te apetezca desayunar, por no decir que ninguna. Mi querido padre se hace un zumo de naranja y de paso, me hace otro a mí. Asi que todos los días de mercadillo, antes de que pongan las calles, yo me bebo un zumo de naranja recién exprimido (esto es con muchísimas vitaminas, pero ya os digo que a esas horas no te reanima ni el más potente Actimel L Casei Inmunitas…). Es extraño que aún no le haya cogido asco absoluto al zumo de naranja… estoy temiendo que sea como esas canciones que te has puesto en algún momento de tu vida para despertarte por las mañanas y acabas sintiendo una verdadera repulsión cada vez que la oyes por casualidad. Esto ya me pasa con el sonido de las grúas, porque cuando llegamos al Mercamadrid, yo estoy muerta de sueño sin poder dormir en el camión, esperando a que mi padre compre y cargue las patatas mientras oigo el "piii piiii piiii" de las grúas y pienso en lo a gusto que podría estar en mi cama. Asi que cada vez que oigo una grúa, en mi mente se recrea esa escena “réquiem por una cama” aún de noche en el Mercamadrid y me dan los siete males, un rollo parecido a La naranja mecánica (hablando de naranjas…). Pero como os decía, el zumo de naranja aún no está en mi lista negra, de la que forman parte ya los plátanos sueltos y no vendidos que hay que comerse por narices (por no tirarlos, mejor dicho).


Después del zumo, intento comer algo sólido para no desmallarme cuando tenga que descargar el camión y montar el puesto. La mayoría de las veces, con el ojo medio cerrado aún, es muy difícil convencerte de que algo es apetecible, y encima contamos con el hándicap (esta palabra la uso para hacerme la guay, porque podría decir perfectamente "contamos con el inconveniente") de que hay que elegir un alimento portátil, es decir, que pueda llevar en el camión e ir comiéndolo de camino. Hay que irse, asi que abre la nevera y “¡rápido! ¡coge un alimento portátil!”. El fiambre y el queso que viene ya cortado y envasado suele ser la mejor opción (quiero mandar desde aquí un fuerte abrazo a mi amigo García Vaquero, por cortarme el queso con tanto cariño).

Solemos llegar sobre las 7 al lugar donde haya que vender. Antes de montar el puesto, pasamos al bar. Allí tengo mi segunda oportunidad para desayunar (pero si el estómago ese día dice que no, es que no...). Además tengo que avisaros de algo muy importante: los bares tienen su propio lenguaje, de lo que tú pides a lo que ellos entienden hay un trecho, asi que he decidido haceros una tabla:

- Un café o colacao frío = te ponen un café o colacao templado (con leche del tiempo).
- Un café templado = café bastante caliente (no te lo pudes beber del tirón).
- Un café caliente = ellos entienden “un café que me abrase el esófago, por favor".

Esto es igual que el lenguaje de las peluqueras, a las que ya hice referencia en otra ocasión. Ya sabéis que si pedís que sólo os corten las puntas son cuatro dedos, y cuatro dedos es cortito y si pides cortito creo que te rapan la cabeza… claro que yo no puedo criticar mucho, porque en este gremio mercadillil cuarto de kg también pueden ser 350 o 400 gramos… asi que otro día os haré una tabla de nuestro  propio lenguaje para que sepáis bien como pedirnos.

En fin, lo que acaba siendo al final mi desayuno oficial, suele ser: una zanahoria, un tomate, un puñado de pipas, cuatro pistachos, tres anacardos y cuatro cortezas (que es algo así como el “leche, cacao, avellanas y azúcar” pero de mercadillo), es lo que voy pillando del puesto entre cliente y cliente… sé que no es sano, pero es inevitable no picar nada cuando te pasas toda la mañana delante de los frutos secos y el gusanillo te va entrando a medida que pasan las horas. Ahora, por el miedo a engordar, estoy intentando dejar esta mezcla rara a la que he apodado como "Nocilla de mercadillo".

La zanahoria me la sigo comiendo porque es sana y entra muy bien por las mañanas, aunque qué queréis que os diga…. me como una en cada mercadillo y sigo sin ver de lejos y más blanca que los ajos del puesto… asi que permitidme que dude de las propiedades de la zanahoria. Eso sí, con la zanahoria yo he llegado a una categoría mercadillense que no mencioné en su día, y es la de comer mientras peso patatas, que esto es ya de profesionales, no me lo podréis negar...

Cuando empecé a vender, para mí era sagradísima “la hora del bocadillo” y me lo comía tranquilamente sentada en el bar, en honor a los obreros subidos en vigas altísimas de los rascacielos de Nueva York, que digo yo que para ellos también debía de ser sagradísima por aquello de que podían matarse ya sólo con intentárles quitar el papel albal (que yo me los imagino diciendo "oye Patxi estaremos a 244 metros del suelo pero a mí la hora del bocadillo ¡NO ME LA QUITA NI DIOS!" y es por ello que los admiro profundamente porque yo en el fondo también tenía ese sentimiento), pero en fin, que cumplir con tal homenaje poético en cada mercadillo, me hizo engordar bastante, asi ya sólo lo hago a veces, cuando empiezo a ver a los clientes como pollos asados parlantes a los que voy a hincarles el diente de un momento a otro… y pienso que quizá sea hora de comer algo contundente.

Una ley de Murphy de mercadillo es que cuando esta hora ha llegado, cuando el hambre que tienes es atroz e incontrolable, se cumple la siguiente ley:

“No habrá clientes comprando hasta que decidas irte a desayunar”

Cuando el hambre llega, la gente también. Digamos que el número de clientes es directamente proporcional al hambre que tengas. Entonces pones tus límites y te propones cosas como “cuando atienda a este cliente me voy a desayunar”, pero antes de que estés dándole las gracias por su compra, ya te están diciendo “¡niña! ¡ahora me toca a mí! me vas a poner…”, asi que a ese cliente se le atiende, y tú, ilusa, aún sigues pensando “bueno después de este cliente ya me voy….” y ves que llega otro más, a este ya lo ves con cabeza de pollo asado cuando te está pidiéndo “dame medio kilo de ceboll… ¡CÓMEME CÓMEME CÓMEME!”. Esto del “reenganche” de los clientes es muy típico. Antes de que estés devolviendo el cambio al cliente ya hay otro pidiéndote, creyendo que es la forma más efectiva de que no se le puedan colar (y en parte funciona) y haciendo que yo siempre tenga la impresión de que estoy trabajando en una cadena de montaje y que después de apretar una tuerca viene otra y luego otra y luego otra… y no me puedo parar ni a quitarme una chaqueta o beber un trago de agua por miedo a que el puesto se aturulle y se enciendan las típicas luces rojas de emergencia "PELIGRO PELIGRO PELIGRO" y explote el puesto, salgan todas las cajas, los hierros, las tablas, la fruta, los ajos y los puerros disparados por los aires... asi que como para irse a comer tranquilamente "un montadito", que para los bares, os diré que es un bocadillo de una barra entera de pan.



"Lunch atop a Skyscraper" ("Almuerzo en la cima del rascacielos") de Charles Clyde Ebbet

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